Cammy

Comencé a salir con mi esposo Carlos, en 1981 cuando estudiaba el último año de leyes y yo estaba terminando mi carrera de administración de negocios. A medida que nuestra relación se fue haciendo mas seria, nos presentamos ante las respectivas familias y casi inmediatamente, cada uno tuvo la sensación de que pertenecíamos a la familia del otro.

Carlos estableció una gran amistad con mis hermanos y yo con las suyas, nuestros padres disfrutaban de la compañía de los otros, y un vínculo estrecho se formó entre todos nosotros. Mis padres y los de Carlos se hicieron grandes amigos y muy pronto comenzaron a socializar y viajar juntos, con más frecuencia y sin nosotros. Todos celebrábamos juntos los días de fiesta y ocasiones importantes, y en poco tiempo las dos familias fueron casi como una. Si íbamos a tener  un encuentro familiar, era muy normal la combinación de ambas familias.
Esto era, por supuesto, una bendición para Carlos y para mí (y eso alivió las notorias batallas entre los parientes por afinidad) pero yo particularmente recuerdo el deleite de Jean al ver las caras sorprendidas y curiosas de los que se enteraban cómo había comenzado esta amistad. Ella disfrutaba que lo que tradicionalmente se consideraba una relación forzada y desafortunada (la de los parientes por afinidad), era una cercana y maravillosa relación de amistad, completamente opuesta a la que cualquiera podría suponer.
Ella (Jean) siempre sentía placer por lo inesperado, por salirse de lo ordinario, le gustaba vestir ropas exóticas, colores brillantes y joyas destellantes, usando morado con sombreros rojos que no le quedaban bien, y en gastar el dinero de su pensión en brandy y guantes de verano… Cuando ella envejeció….(uno de sus poemas favoritos, que enmarcó y colgó en la sala de estar)

Jean y Papi Carlos (para distinguirlo de Carlos Hijo) se mudaron cerca de nuestra casa, justo antes de que nuestro primer hijo naciera. Ellos vivían en el lago y tenían un bote y frecuentemente los visitábamos para tener cenas y hacer cruceros a la puesta del sol. Como mujer joven y a punto de ser madre, yo estaba aventurándome a nuevas experiencias y ansiosamente buscando guía de mi madre y de Jean, quien me trataba como una hija. Sabía que habíamos alcanzado una nueva etapa cuando ella comenzó a referirse a mí como a su hija, en vez de nuera –un gesto que me verdaderamente me conmovió, porque para mí fue evidencia de una relación muy especial.

La familia es para los Gibbons, y sigue siendo lo más importante, y Jean me dio la bienvenida con los brazos abiertos. Ella estaba entusiasmada con la venida al mundo de su primer nieto y aprovechaba cada oportunidad para compartir sus consejos de madre conmigo. Podíamos hablar por largas horas sobre cualquier cosa bajo la claridad  del sol, y eso nos acercó mucho. Compartimos nuestras esperanzas y sueños, dificultades y heridas, recuerdos y preocupaciones. El tiempo que pasamos juntas fue el que nos permitió conocernos y amarnos la una a la otra con  profundidad, y el que probó ser esencial en los años posteriores.

Cuando Jean comenzó su declive por la enfermedad del Alzheimer, Papi Carlos fue envuelto con amor, pero solo en su propia casa, con su esposa de casi 50 años alejándose de él. Como muchos hombres de su generación, fue difícil convencerlo de que no podía hacerlo solo, que nos debía permitir ayudarlo. Por algún tiempo, sin embargo se resistió, ocasionalmente dejándonos saber y expresando sus sentimientos y llorando mucho.

El siempre tuvo el papel del hombre de la casa y  proveedor, y Jean ocupándose de las necesidades de él, de la casa y de los hijos, y ahora su mundo estaba al revés. A medida que Jean estaba más enferma, se convirtió un poco hostil contra su esposo -el amor de su vida y la persona que la cuidaba- como típicamente lo hacen los pacientes con Alzheimer.

Fue en esa etapa cuando fue mucho el peso de la carga para soportarla, y después de mucha persuasión y convencimiento, Papi Carlos comenzó a compartir con nosotros lo que realmente estaba ocurriendo en su vida diaria, de cómo su cielo se había convertido en una pesadilla. Jean podía ponerse muy irracional y molesta con Carlos, diciendo palabras de rabia y agitando los brazos y puños. Ella podía pasar  períodos en los que se rehusaba a tomar su medicina, descansar o bañarse. Esto ocurrió típicamente cuando él regresaba del trabajo a la casa (ella tenía a una persona contratada que la cuidaba durante el día en esa época), que era el mismo tiempo en el que yo también volvía del trabajo a la casa y que llamaba para saber como estaban.

Muchas veces cuando yo llamaba, él trataba desesperadamente de consolarla, y cuando todo fallaba yo preguntaba si ella quería hablar conmigo. Por un tiempo,  fue receptiva. Aparentemente quedaba algún tipo de recuerdo del “cielo seguro’’ conmigo, alguna voz subconsciente que le aseguraba que yo estaba de su lado. Ella podía escuchar mi voz y participar, de algún modo saliendo temporalmente de la oscuridad del enojo y furia.

Parecía que había un lugar profundo dentro de ella que yo todavía podía tocar, pero solo por breves momentos, y que le permitía breves intervalos de paz. Entonces, podíamos ir al tiempo cuando compartíamos nuestras confidencias, y ella se sentía segura. Nosotros fuimos camaradas.

Cuando no se pudo bañar más, me permitió a mí hacerlo temporalmente. Aunque ya no reconoce a muchos de nosotros, yo creo que cuando está con alguno, una parte de ella reconoce si esa persona es alguien que la ama y si es una persona segura.

Yo he desarrollado un lazo muy fuerte con las hermanas de mi esposo a lo largo de los años, y enfrentar esta crisis fue algo que nos acercó aun más, hasta convertirnos en verdaderas hermanas. A través de los años, se ha desarrollado entre nosotras un entendimiento innato increíble y maravilloso. Es una rareza en la vida encontrar a alguien que entienda profundamente los rincones de tu corazón, sin necesidad de palabras,  y que esté allí sin juzgar y sin expectativa. 

En la medida que hemos compartido experiencias de la vida, crecido y madurado, esta conexión se ha hecho parte  de nuestras almas, tanto que no dudo que nuestras vidas estaban destinadas a ser compartidas.

Mi esposo Carlos (también conocido como “Hijo Carlos’’ para diferenciarlo de “Papi Carlos”) es abogado en Carolina del Sur. Tenemos dos hijas, Taylor de 15 y Nelly de 12, y ambas por su puesto, son muy bellas y talentosas!. Yo trabajo en una institución financiera en proyectos comunitarios y de recaudación de fondos, en nuestra iglesia, escuelas y en la casa.

Cuando la mejor amiga de mi hija menor fue diagnosticada con cáncer a los 4 años de edad,  fue entonces cuando tuve la primera experiencia con enfermedades crónicas y los cuidados del paciente y la familia. Cuando mi hija mayor fue diagnosticada con diabetes juvenil, al año siguiente cuando tenía 7 años, comencé a investigar y abogar por la cura de esa enfermedad. Comencé desesperadamente a buscar la forma de salvar a mi hija y hacer su vida mejor, pero con el tiempo me di cuenta que Dios tenía un plan más grande para nosotros.

Me di cuenta que mucha gente que estaba enfrentando el problema de una enfermedad crónica, no tenía idea de cómo o a donde acudir para buscar guía. Muchos tenían un  pobre cuidado medico, y nadie con quien hablar y que los entendiera. La comunidad en general era ignorante de la realidad sobre una vida con diabetes. Había falta de información para la persona promedio, que son las que con frecuencia no se dan cuenta que es importante tener información.

Mi familia y yo hemos trabajado para cambiar esta situación, ofreciendo ayuda y conocimiento, educación y guía, de la misma forma que Leeza lo ha hecho con la  enfermedad del Alzheimer. Ella siempre ha estado allí para nosotros, y nosotros para ella, y para usted.

Usted no esta solo. Hay gente a la que le importa, hay apoyo y educación, y esta la ciencia al borde de hacer un nuevo descubrimiento cada día. Y también esta Leeza’s Place, para guiarlo a través de todo el proceso.